Por Adriana López
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11 de marzo de 2025
Siento enfado. Siento rabia. Siento, tristeza. Lágrimas. Llanto. Puño en la mesa. Mi esperanza se está desmoronando con cada gota de lluvia que cae sobre los tejados de Madrid. Es de noche. Mi maquillaje se borra y las lagrimas ahora son de color negro. Mi cara dibujada por la frustración de una mala noticia. Me quito el pintalabios con la manga del jersey y mi labios ya no hablan. No tengo palabras. Lloro. Camino por la calle rodeada de rostros que desconocen lo que está ocurriendo. 6:00 a.m. Ya no está aquí. Y a n o e s t a a q u i Se ha marchado. Esta vez a un lugar donde el avión no tiene retorno. Qué injusto. Siento rabia. Pena. Tristeza. A ella. Le gustaba leer su pronombre en libros ajenos. Le gustaba acudir con disimulo donde la fotografía se firma con nombre y apellidos. Le gustaba despiezar la madera inservible para crear pendientes de singular elegancia. Le gustaba elegir el pincel más preciso. Ella. Mujer de manos delicadas. Con coraje de artista. Se queda, en cada uno de los bailes de noche vieja. Se queda, en cada cerveza de la terraza del coam. Se queda, en cada lectura. En cada presentación. Se queda, en cada concierto de jazz. Se queda, en cada estudio con ventanas grandes. La oigo decir; necesitaba más luz. Si leo en voz alta mis mensajes, se escucha, te admiro. T e a d m i r a r é